Culpables e inocentes: el nuevo reverso de la maldad de Ibáñez Serrador

Un tópico constante en el terror ha sido la maldad encarnada por los niños, símbolos de la inocencia en casi cualquier cultura. Ya sea en Otra vuelta de tuerca, la magistral novela de Henry James o Michael Myers asesinando a su hermana en el inicio del filme Halloween (1978), de John Carpenter; la infancia, ya sea poseída por una fuerza externa o como encarnación del mal mismo, ha sido un vehículo útil para aterrar. Y entre las obras que lo emplean, destaca por llevar la idea hasta el límite la cinta española ¿Quién puede matar a un niño? (Quem Pode Matar uma Criança?), dirigida por Narciso Ibáñez Serrador, que en este 2026 cumple 50 años de estrenada.

Esta película funciona, en primera instancia, bajo los códigos propios del género, aunque tomados de diversas fuentes. Un cadáver encontrado en la playa, con senda investigación policial muy a lo gialli, la mujer embarazada cuyo bebé se torna contra ella o Almanzora como espacio hostil (opuesto al ruidoso y lleno de jolgorio Benavis) con unos niños que van apareciendo como los cuervos en Los pájaros (Os Pássaros, 1963), de Hitchcock. 

Sin embargo, hay en ¿Quién puede matar a un niño? un elemento que la singulariza: su introducción. Durante los primeros minutos Serrador superpone los créditos con archivo documental sobre conflictos recientes en lo que los niños, indefensos ante la crueldad, han perecido. Desde Auschwitz, pasando por África hasta imágenes con olor a napalm, incluyendo cifras precisas, la película inicia con esta suerte de denuncia que, además, se introduce en la propia diégesis con un telerreportaje sobre los bonzos tailandeses o la conversación que sostienen los protagonistas, Tom (Lewis Fiander) y Evelyn (Prunella Ransome), donde él comenta que aquí hubo también una guerra.

Esto podría llevar a una peligrosa simplificación de esta película. Serrador parece convertir a los niños de Almanzora en asesinos como una macabra venganza por los crímenes que los hombres han cometido hacia ellos. Esto es bastante burdo. Por suerte, Serrador con los constantes primeros planos que hace a los niños, que van de la risa macabra hasta la mirada amenazante, no muestra sed de venganza, no hay trazos de intento alguno de justiciera restitución. Estos niños son malvados. Entonces lo curioso de este filme — sugerido desde un inicio en el título — es el conflicto que empieza a revelarse.

Los protagonistas se plantean entonces si matar o no a los niños para escapar. Ahí se revela la ironía siniestra que domina el filme de Serrador. Surge un conflicto moral en el hombre común que parece no importar a gran escala. Nadie consideraría moral tomar un arma y dispararles, pero los desplazamientos y las hambrunas cobran millones de vidas de infantes cada día sin escándalos. Se le podría achacar a Serrador, vista esta ironía, que coloque a dos pobres turistas a purgar los males de la humanidad toda. Sin embargo, esto no es un señalamiento de culpables ni terror en códigos de denuncia; es un reverso de la inocencia, que se traslada ahora a dos adultos ante una figura que se les opone cuya pureza se presupone. 

Es decir, Serrador explora las aristas de su premisa, en esta destacada obra del terror europeo, para sumar, con bastante precisión capas de maldad, a una obra que con la esperada solvencia formal de cualquier buen filme de terror, ha logrado ganarse su fama y cuya interpretación pueril de venganza de inocentes sobre los culpables, una vez superada, deja brillar al género y sus siempre siniestras posibilidades.

Escrito por: Marcos Milanés.

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